“Escapé por la puerta trasera, una mañana que despertó al eco de un mundo que me gritaba.
Dejé todo atrás, posesiones, intereses, familiares y amigos robots, aventuras de plástico,
juegos sin riesgos e historias prestadas. No planeé ni tracé dirección alguna, solo pisé
adelante, mirando las aves sobre mi cabeza, las formas de los rayos solares tamizados por
las agujas de pino. Mi único mapa fue un dibujo hecho por mi imaginación; una ciudad donde
la única ley era el azar, a imagen y semejanza de la creación. Comencé la gestación de un
ser icónico de aquella civilización, una conciencia mutable con las estaciones. Luz de cada
firmamento, danza animal, biorritmos polifónicos de ancestral composición. Un embrión de
acelerada mitosis que no altera su esencia ante monzones ni alisios, que multiplica sus virtudes
ante nuevos nacimientos y se deja llevar por la dulce y nutritiva niebla de la vejez. Pleno
siempre en sus facultades éticas, engranado por convicción en la convivencia esférica, libre
de alma y anhelo, habitante de la naturaleza y único domador de sus miedos, carente de
imposiciones ajenas, inmune a la malicia.
Aquel dibujo, conjunto de líneas que me inspiraban más que la brisa sobre un tepuy, cobró
vida ante mis ojos, enmarcado por el cuadrante de una ventana que coronaba mi mesa de
creación, en las entrañas de la tierra húmeda, raíces de mi hogar y de mi infancia.
Salté como luz de bengala por la escotilla, caí sin paracaídas al descampado de la vida real,
redibujado ahora en tercera dimensión, dotado de libertad ontológica y de arsenal poético.
Corrí tras aquel ser, me interné en los pastizales, luego en matorrales que confluían en un valle,
coroné una cumbre rasurada que precedía los postigos de un bosque tupido de escondites.
Me topé con su presencia en el momento en que había olvidado mis motivos, en las instancias
en que el desespero me emboscaba desprevenido, y sin mediar ningún rezo, mi creatura
predilecta me elevó sobre sus hombros y me viajó, trasladando mi cuerpo sin anhelos, como
quien levita de la emoción al culminar el proyecto de toda una vida.
El sentimiento que nos conectaba no precisaba palabras, toda la información se transmitía sin
necesidad del habla, todo aquel halo onírico que envolvía tan medular momento se mantuvo
por días, y fue tan renovador que no percibí su desaparición. Me vi solo de pronto, pero con
una sensación de compañía que aún me es fácil revivir. Acorazado con el valor que nos llena
al hacer lo correcto, tomé los senderos más puros y aprendí de cada segundo de gracia y
adversidad, de cada ser extraño que el camino me presentó, de cada amigo de otra vida que
me reconoció al mirar el pozo de tinta de mis pupilas.
Fuerte como el cincel horadador de un caudal, me zambullí en un gran tanque de agua. Miré
las estrellas como niño que descubre un océano, con la equivalencia de una inmersión en
eureka. Caminé por ciudades invisibles y me infiltré en una multitud anacrónica. Defendí la
moral de un inocente y me poseyó el ánima de un excelso orador.
Luego rodé, como una granada de mano hacia mi propia implosión, convirtiéndome en
cenizas de las ruinas de mi impulso vital. Vagué entonces desecho, y anhelante de guía en la
noche sin luna. A mi rescate acudió un portentoso recuerdo, redentor que regocijó mi alma y
rebosó mi corazón con la risa de un niño, que reirá con la misma alegría hasta envejecer.
Luego dormí un largo sueño del que no he despertado ni quiero despertar, que ha evolucionado
de la forma más milagrosamente imprevista, juntándonos hoy aquí en esta gran celebración,
encrucijada de alegría y dolor, despedida y renovación, en la que cada hermano redescubrió el
camino hacia la realización más plena de su esencia."
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